La cal de la mampara no se deposita de golpe: cada gota que se seca sobre el cristal deja una finísima capa de minerales que, día tras día, se acumula hasta formar esa película blanca y opaca tan difícil de quitar. Por eso el momento crítico es el secado: una mampara que se aclara y se seca con una espátula de goma después de cada ducha casi nunca necesita productos desincrustantes. Cuando la cal ya está incrustada, la solución es siempre un ácido suave bien aplicado, nunca frotar en seco con estropajos abrasivos que rayan el cristal y dejan la superficie aún más propensa a la cal.
La cal en el inodoro tiene una ventaja que no tiene la de la mampara: vive en el agua, así que se disuelve. El sarro que ves en el fondo y bajo el borde es carbonato cálcico empapado en un ambiente permanentemente húmedo, y responde muy bien a los ácidos. El problema de la mayoría de la gente es el método: cepillar por encima sin dejar actuar el producto, o usar lejía, que es alcalina y apenas afecta al sarro. Con un ácido bien aplicado y con paciencia, la cal gruesa se deshace en capas.
El moho en las juntas del baño casi nunca es un problema de limpieza: es un problema de humedad permanente. Los puntos negros que aparecen en la silicona viven dentro del material, no en la superficie, por eso no se van frotando: el moho ha penetrado en los poros de la silicona o del cemento cola y cualquier limpieza superficial lo deja intacto por dentro. La regla es simple: si la mancha es superficial y reciente se limpia; si está incrustada en la silicona y vuelve a salir en días, esa junta está perdida y hay que levantarla y rehacerla, que es la solución definitiva.
Cambiar la silicona de la ducha es de esas tareas que parecen de profesional pero que cualquiera hace bien en una tarde si respeta los tres momentos clave: retirar toda la silicona vieja sin dejar restos, preparar la junta limpia y seca, y aplicar la silicona nueva con una técnica sencilla que evita los dos errores típicos, el cordón discontinuo y los excesos que largan. La junta bien hecha dura años e impermeabiliza de verdad; la junta mal hecha, sobre silicona vieja o húmeda, se despega en meses y esconde agua detrás sin que lo veas.
Los filtros metálicos de la campana son la primera línea de defensa contra la grasa, y el motivo más habitual de que una campana aspire poco no es un motor averiado, sino unos filtros saturados que la grasa ha taponado. La grasa se acumula despacio, sin que lo notes, hasta el día en que la campana hace ruido pero ya no aspira nada y el olor de la cocina se queda en casa. La buena noticia es que limpiar los filtros es una de las tareas de mantenimiento más rápidas y baratas: se desmontan sin herramientas, se lavan con agua caliente y desengrasante, y la campana recupera el caudal sin gastar un euro.